Pàgines

1.5.15

Passat abril, ha arribat maig... De l'1 al 24 i més enllà (autoajuda)

Defender a la Humanidad, ese acto al mismo tiempo de reapropiación y de austeridad que no podemos ya demorar, exige el abandono de al menos cuatro ilusiones particularmente arraigadas en las conciencias de los izquierdistas europeos, moldeados como estamos, a cubierto de bombardeos e invasiones desde hace sesenta años, en los privilegios del mercado, con su sucesión velocísima de juguetes nuevos y momentos históricos. La primera tiene que ver con la idea, muy propia de nuestra civilización, de que los europeos tenemos por nacimiento el derecho a asistir -a través de la televisión, naturalmente- al espectáculo de la Parusía o del Apocalipsis, incluidos según contrato en el programa de nuestra generación. Medimos los acontecimientos según el tiempo breve de las mercancías, que es también el tiempo cinematográfico de Hollywood, y queremos no sólo un desenlace feliz -o al menos heroico- sino que además se produzca en dos horas. Por eso los izquierdistas europeos nos movilizamos muy rápidamente, con mucha imaginación y mucho entusiasmo -como en las manifestaciones de antes de la guerra contra Iraq-, pero también nos cansamos enseguida, cada vez que descubrimos que la modestia de nuestras conquistas no es proporcional a nuestra autoestima y que la película se prolonga más allá de los formatos a los que estamos acostumbrados. Los cubanos, los venezolanos, los palestinos, saben que la lucha, que comenzó con Espartaco, puede durar varias -muchas- generaciones.
La segunda ilusión es la de que los pueblos siempre vencen. Basta leer a Tito Livio y contar los muertos; o leer a Bartolomé de las Casas y contar los muertos; o leer a Galeano y contar los muertos; o sencillamente leer los periódicos y contar los muertos. No hay ninguna ley histórica, ninguna providencia hollywoodesca, ni siquiera una sola evidencia, que garantice eso. Los cubanos, los venezolanos, los palestinos -y tantos y tantos otros pueblos del mundo- nos enseñan que nadie puede luchar en nuestro lugar y que sólo vencen los pueblos que no se rinden.
La tercera ilusión, en el aura de la anterior, es que los malvados siempre acaban pagando sus crímenes. Lo normal es más bien lo contrario y, si queremos que rindan cuentas ante la justicia o, mejor aún, si queremos impedir sus crímenes, debemos organizarnos colectivamente, a nivel mundial, y pararles los pies.
La cuarta y última ilusión es la de que, llegados a un cierto punto, las cosas ya no pueden empeorar, de manera que alcanzar un cierto grado de desesperación casi nos tranquiliza, como una promesa de inminente mejoría. Las cosas siempre pueden empeorar, especialmente para los que estamos mejor. Como lo demuestra la situación en Palestina o en Iraq, o la segunda victoria electoral de Bush, nunca nada va tan mal que no pueda ir un poco peor. No debemos descansar en el deterioro extremo de las cosas; debemos evitar que se deterioren un poco más.
Llámese cobardía a esa esperanza, dice el título en castellano de uno de los últimos libros de Gunther Anders. Dejemos a un lado la esperanza si es que acogernos a ella sirve para que renunciemos a un gesto o para que aplacemos una acción.
A los que vivimos en las celdas privilegiadas del mundo y tratamos de no perder al menos la imaginación, nos conviene mirar para otro lado para no dejarnos distraer; nos conviene volvernos hacia esos lugares del mundo -Venezuela o Cuba, pero también Palestina o Iraq- que nos instruyen en la paciencia de los que han sufrido mucho, en la resistencia de los que ya han ganado algo, en el valor de quienes podrían perderlo todo y en el realismo de quienes saben que, para que no empeoren las cosas, hay que hacerlas cada día mejor. Sólo allí uno parece poder aceptar sin vergüenza el derecho a una cierta normalidad, incluso o precisamente en medio de la lucha, y se intuye con alivio que es por primera vez legítimo -en los límites de este mundo adverso- comer, beber, fumar, silbar, componer un verso, estrechar un cuerpo o sentirse, a veces, moderadamente bueno.

Santiago Alba Rico, Capitalismo y nihilismo. Dialéctica del hambre y la mirada

En el dia a dia té lloc la feina per guanyar-se la vida i té lloc, també, la satisfacció de les necessitats. Hi ha continguts del dia a dia que no són mediacions, que no són per arribar a, sinó que se satisfan en ells mateixos. Per això el dia a dia és camí (sentit direccional), però és també significació (sentit ja present de la vida). La vida gaudint de la vida. Fruïció del món, del menjar i del beure, del sexe i de l'espectacle. Hi ha una manera d'immersió, o de deixar-se portar pel dia a dia, però és una immersió sense dissolució. Un buit s'omple, se sacia. La gana és el buit. I, sobre aquesta fruïció, ve encara el simposi, el banquet, el goig compartit. Diríem, doncs, això: hi ha un sentit de la vida lligat a la quotidianitat que no acaba de caure tot i que es produeixi una trencadissa en el cel dels grans "valors". La lletra minúscula -però no per això menys significant que la majúscula- té molta més estabilitat davant de possibles sacsejades i terratrèmols nihilistes. La resistència, aquí, és la resistència de la significació, del sentit. Pot caure la cosmovisió, però continuarem experimentant la proximitat i el lligam amb l'altre i vivint el dia a dia. Allò que resisteix és la significació de la proximitat. Per això fem malament d'assimilar les necessitats a la dimensió més baixa de l'ésser humà (com ho fa Arendt). Salvar la quotidianitat del descrèdit significa mostrar que el menjar, el cansament de la labor i el moment del descans, endemés de ser, òbviament, quelcom lligat a la necessitat, són també, diguem-ho així, una resposta a l'abisme. El que és humà no espera manifestar-se en la regió superior de l'acció política o del pensament contemplatiu; ja ho fa -i amb igual intensitat- en el gest quotidià. Cal filar prim, doncs, si no es vol córrer el risc de simplificació. Les coses més elementals ja poden estar tocades per l'ànim de respondre o de resistir a la foscor i a la intempèrie. El nihilisme no se supera, de la mateixa manera que no se supera la finitud; s'afronta. Ens movem entre la proximitat i l'abisme, i la proximitat ja és una resposta  a l'abisme.

Josep Maria Esquirol, La resistència íntima. Assaig d'una filosofia de la proximitat