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24.6.12

Platònica

Se fijó en Richardson. Era curioso, no se daba cuenta de que estaba en un agujero; ni él, ni los otros oficiales, ni los askaris de fez rojo ni nadie. Les pasaba lo que a los caballos de un libro de Émile Zola. De visista a una mina muy profunda, el escritor preguntó a los mineros cómo se las arreglaban para sacar de allí a los caballos percherones que usaban para el transporte, siendo los animales tan grandes y la entrada a las galerías tan estrecha. Uno de los mineros se lo explicó:  Ah, no los sacamos. Los meten cuando sólo tienen unos meses y se quedan aquí para siempre. Según aquel hombre no había motivo para la compasión. Puesto que los caballos no conocían otro mundo, se amoldaban a lo que tenían.
Bernardo Atxaga, Siete casas en Francia