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20.4.12

La valentia i el treball; ensenyament i aprenentatge. La fe i el martiri.

¿Y qué fue lo que aprendieron los alumnos de Amalfitano? Aprendieron a recitar en voz alta. Memorizaron los dos o tres poemas que más amaban para recordarlos y recitarlos en los momentos oportunos: funerales, bodas, soledades. Comprendieron que un libro era un laberinto y un desierto. Que lo más importante en el mundo era leer y viajar, tal vez la misma cosa, sin detenerse nunca. Que al cabo de las lecturas los escritores salían del alma de las piedras, que era donde vivían después de muertos, y se instalaban en el alma de los lectores como en una prisión mullida, pero que después esa prisión se ensanchaba o explotaba. Que todo sistema de escritura es una traición. Que la poesía verdadera vive entre el abismo y la desdicha y que cerca de su casa pasa el camino real de los actos gratuitos, de la elegancia de los ojos y de la suerte de Marcabrú. Que la principal enseñanza de la literatura era la valentía, una valentía rara, como un pozo de piedra en medio de un paisaje lacustre, una valentía semejante a un torbellino y a un espejo. Que no era más cómodo leer que escribir. Que leyendo se aprendía a dudar y a recordar. Que la memoria era el amor.
(...)

La educación de Rosa, no está de más decirlo, fue práctica y racional, por momentos progresista y por momentos sublime. Sus constantes cambios de escuela y de país contribuyeron a ello. Pese a todo fue una alumna aplicada. A los diez años hablaba español, portugués y francés con cierta desemvoltura. A los doce podía añadir también, aunque con mayor dificultad, el inglés. De sus maestros lo menos que puede decirse es que fueron conmovedores. El setenta por ciento de ellos en algún momento de sus vidas escribieron o intentaron escribir ensayos críticos, monografías o reseñas periodísticas sobre Makarenko, A.S. Neill, Freinet, Gramsci, Fromm, Ferrer i Guardia, Paulo Freire, Peter Taylor, Pestalozzi, Piaget, Suchodolski y Johan Friedrich Herbart. Uno de ellos, un nicaragüense tímido, profesor de la única escuela activa que existía en Managua, escribió un libro sobre Hildegart Rodríguez y su terrible madre Aurora titulado Los espejismos en la educación (Mexico, Pedagogía Libre, 1985) que tuvo en su momento cierta resonancia: proponía la vida al aire libre, lejos de las aulas y de las bibliotecas, como la escuela ideal para niños y adolescentes; uno de los requisitos previos, sin embargo, era la destrucción de las ciudades, algo que el autor llamaba El Gran Regreso y que en el fondo era una especie de Larga Marcha descabellada y milenarista. Otro de sus profesores publicó un libro llamado La escuela de los parricidas (Brasil, Actas del Sur, 1980). E incluso su maestra más querida, la señorita Agnés Riviere, de la Escuela Activa de Montreal, era una especialista en Paulo Freire, sobre cuya obra escribía periódicament ensayos e interpretaciones en varias revistas de pedagogía canadienses y norteamericanas. Los que no eran teóricos de la educación, es decir el treinta por ciento restante, resultaron fanáticos del Arte. Antes de cumplir trece años Rosa tuvo un maestro creyente en las virtudes lenitivas de la danza, un maestro convencido de las cualidades profeticas de la poesía de Rimbaud y Lautréamont, una maestra devota de los mensajes cifrados de Klee. Es decir: maestros apóstoles, izquierdistas, pacifistas, ecologistas, anarquistas embotellados en pequeñas escuelas progresistas que casi nadie conocía -nadie trabajador y normal. Pequeños santuarios similares a las iglesias minoritarias y a los arrogantes clubs ingleses en donde los retoños de aquellos que habían perdido la Revolución (fracción exquisita) se preparaban para el festín y el dolor del mundo.

R. Bolaño, Los sinsabores del verdadero policía