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14.2.11

Dejú

Las mujeres de aquella família sentían una pasión autística por camelias, rosas i nada más. Escasa inclinación hacia los seres humanos. Lo encontramos reprobable. No sé por qué digo "encontramos". Quizá sólo pienso en el gemelo de Johannes. A mi lado no hay nadie que pueda juzgar u observar siquiera a las mujeres que piensan con exclusividad en sus flores. Dedicadas en cuerpo y alma a cuidarlas. Una pasión como ésta es voraz, secreta. Se diría que se trata de algo bonito. Ese interés por la naturaleza. Y en cambio se sienten profundamente hastiadas, con un hastío visceral, del mundo, de la existencia. De los hombres.
F.Jaeggy, Proleterka (Trad. M.A. Cabré)

Al poco de comenzar sus relaciones, Leona reveló una intempestiva cualidad: su extrema voracidad. Ese vicio anacrónico, muy pasado de moda, derivaba de la insatisfecha y finalmente liberada nostalgia hacia las golosinas que la habían atormentado cuando era una niña sin recursos; poseía ahora la fuerza de un ideal que acababa de romper su jaula y se había apoderado de la soberanía. Su padre era un modesto y honrado burgués que la golpeaba cada vez que salía con sus admiradores; pero ella no lo hacía por otros motivos que por el placer de sentarse en el dehors de un café y observar desde allí a los paseantes con aire distinguido, al tiempo que saboreaba un helado. Sería exagerado afirmar que era de naturaleza frígida; se poodría sin embargo, asegurar -si es lícito- que en aquello, como en todo, se mostraba perezosa, remolona y no le gustaba trabajar. En su cuerpo desmadejado, los estímulos tardaban largo tiempo -resultando maravilloso- en llegar al cerebro, y sucedía que al mediodía comenzaban a nublársele los ojos sin motivo alguno, siendo así que por la noche los fijaba inmóviles en un punto del techo, como si contemplara una mosca.
(...)
Él la había bautizado Bonadea, buena diosa, porque como tal había entrado en su vida, y también en memoria de una deidad del pudor a la que la antigua Roma había dedicado un templo convertido, por una extraña inversión, en centro de todo desenfreno. Ella no lo sabía (...)
Cuando Ulrich la conoció en circunstancias tan novedosas y especialmente sugeridoras, quedó desde el primer momento predestinada a ser la víctima de una pasión, que comenzó bajo las apariencias de pena y lástima, pero que pronto se transformó, después de breve y violenta lucha, en un sentimiento misterioso y prohibido, dando curso a un juego alterno de pecado y remordimiento.
Pero Ulrich fué en su vida el enésimo caso. Los hombres suelen tratar a tales mujeres ávidas de amor, en cuanto se dan cuenta de ello, no mejor que a idiotas, a quienes se puede inducir con los medios más tontos a tropezar siempre con las mismas piedras. Los tiernos sentimientos de la donación masculina son aproximadamente como el rugido de un jaguar con un pedazo de carne entre las zarpas; en esta situación, suele soportar dificilmente cualquier molestia.

R. Musil, El hombre sin atributos (Trad. J.M. Sáenz)

La voracitat, que és repugnant i fantàstica, ignora la digestió, que es vol derelicte somrient...