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7.10.10

Regne animal

-Bueno -dijo Gregorio, convencido de ser el único que había conservado la calma-. Enseguida me visto, recojo el muestrario y me voy. Me dejaréis que salga de viaje, ¿verdad? Ya ve usted, señor gerente, que no soy testarudo y que trabajo con gusto. Viajar es cansado; pero yo no sabría vivir sin viajar. ¿Adónde va usted? ¿Al almacén? ¿Sí? ¿Lo contará todo tal como ha sucedido? Uno puede tener un bajón momentáneo; pero es precisamente entonces cuando deben acordarse los jefes de lo útil que uno ha sido y pensar que una vez superado el contratiempo, trabajará con redobladas energías. Yo, como usted bien sabe, le estoy muy agradecido al señor director. Por otra parte tengo que atender a mis padres y a mi hermana. Es verdad que hoy me encuentro en un apuro. Pero trabajando sabré salir de él. No me ponga las cosas más difíciles de lo que están. Póngase de mi parte. Ya sé que al viajante no se le quiere. Todos creen que gana dinero a espuertas, sin trabajar apenas. No hay ninguna razón para que este prejuicio desaparezca; pero usted está más enterado de lo que son las cosas que el resto del personal, incluso que el propio director, que, en su calidad de propietario, se equivoca con frecuencia respecto a un empleado. Usted sabe muy bien que el viajante, como está fuera del almacén la mayor parte del año, es fácil blanco de habladurías, equívocos y quejas infundadas, contra las cuales no es fácil defenderse, ya que la mayoría de las veces no llegan a sus oídos, y sólo al regresar reventado de un viaje empieza a notar directamente las consecuencias negativas de una acusación desconocida. No se vaya sin decirme algo que me pruebe que me da usted la razón, por lo menos en parte.
F. Kafka, La metamorfosis y otros relatos