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8.8.08

Rutines (I)

Su vida, pese a todo, era una vida feliz. (...) Todos los días se levantaba a la misma hora que sus hijos, con quienes desayunaba y a quienes iba después a dejar al colegio. El resto de la mañana lo dedicaba a la lectura de la prensa, invariablemente leía al menos dos periódicos, y después de tomar un tentempié a las once (compuesto básicamente de carne y embutidos y pan francés untado con mantequilla y dos o tres copitas de vino nacional o chileno, salvo en las ocasiones señaladas, en las que el vino, necesariamente, era francés), dormía una siesta hasta la una. La comida, que hacía solo en el enorme comedor vacío, leyendo un libro y bajo la observación distraída de la vieja sirvienta y de los ojos en blanco y negro de su difunta mujer, que lo miraba desde las fotos enmarcadas en marcos de plata labrada, era ligera, una sopa, algo de pescado y algo de puré, que dejaba enfriar. Por las tardes repasaba con sus hijos las lecciones del colegio o asistía en silencio a las clases de piano de la Cuca y a las clases de inglés y francés del Bebe. A veces cuando la Cuca aprendía a tocar algo entero, acudían la sirvienta y la cocinera a oírla y el abogado, transido de orgullo, las escuchaba murmurar palabras de elogio, que al principio le parecían desmedidas pero que luego, tras pensarselo dos veces, le parecían acertadísimas. Por las noches, después de darles las buenas noches a sus hijos y recordarles por enésima vez a sus empleadas que no abrieran la puerta a nadie, se marchaba a su café favorito, en Corrientes, donde podía estar hasta la una, pero no más, escuchando a sus amigos o a los amigos de sus amigos, que hablaban de cosas que él descnocía y que sospechaba que, si conociera, lo aburrirían soberanamente, y luego se retiraba a su casa, donde todos dormían.
(...)
A partir de entonces sus hábitos diarios cambiaron. Empezó a levantarse temprano y a buscar en los viejos libros de su biblioteca algo que ni él mismo sabía qué era. Se pasaba las mañanas leyendo. Decidió dejar el vino y las comidas demasiado fuertes, pues comprendió que ambas cosas abotargaban el entendimiento. Sus hábitos higiénicos también cambiaron. Ya no se acicalaba como antes para salir a la calle. No tardó en dejar de ducharse diariamente. Un día se fue a leer el periódico a un parque sin ponerse corbata. A sus viejos amigos de siempre a veces les costaba reconocer en el nuevo Pereda al antiguo y en todos los sentidos intachable abogado.

R. Bolaño, "El gaucho insufrible"


Su vida era ordenada: se levantaba a las seis de la mañana y escribía o trataba de escribir hasta las ocho, momento en el cual interrumpía su trato con las musas, se duchaba y se marchaba coriendo a la oficina, adonde llegaba a las nueve menos cuarto o las nueve menos diez. Casi todas las mañanas las pasaba revisando legajos o visitando juzgados. A las dos de la tarde volvía a casa, comía con su mujer y por la tarde volvía al bufete. A las siete solía tomar una copa con otros abogados y a las ocho de la noche, a más tardar, estaba de vuelta en casa, donde la flamante señora de Rousselot lo esperaba con la cena hecha, después de la cual Rousselot se ponía a leer mientras María Eugenia escuchaba la radio. Los sábados y los domingos escribía un poco más y por las noches salía, sin la mujer, a ver a sus amigos literatos.

R. Bolaño, "El viaje de Álvaro Rousselot"